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Sonriendo en el crepúsculo

Foto: Archivo Web

El país transpira cansado. En sus venas hay asfalto ensangrentado. Al mediodía escuchas fuego. Aquel niño decidió regresar porque sus zapatos no le alcanzan, y sus cuadernos no existen en estreno. La niña ya lleva en su vientre una niña. Son Lomas de León la que ella camina, pero comienza a desmayar en la ilusión aquella de ser sueño, de ser actriz, de bailar al ritmo de sus fantasías.

El monumento en Venezuela vive en la épica del destierro. Ya son muchos homicidios en lo que va de año dice con impulso la noticia y el café. Las ciudades todavía respiran gas, en delirios de olvido. Un pueblo que cae en la suela de la bota, y a lo lejos el alcalde mira la oscuridad diciendo; se le fue la ciudad. Estoy atrapado.

En mi ciudad las plazas no tienen bombillos viéndose mágica su soledad. Alentadora es la mujer que sale del barrio para defender su vecindad. Cada paso que da el viejo, es la palmada que se llama cooperativa, y no se rinde; porque corre para salvar los valores, los bloques que fundaron la austera calma de la unión.

A pesar de que ya no hay risas en el malecón, ni libros en la Riera Aguinagalde, inspira. tan lejos como siempre se ve el cují del pedregal, tan desiguales como nunca. Una flor y una virgen se alzan en la opulencia riéndose de grandeza, pero su llanto y sus pétalos caen desgarrados cuando la mirada cenital que ve lo invisible, donde nacen los techos de cartón.

Vuelvo de nuevo al mural de Arrieta, donde mi fe renace como aquel Bolívar de Santa Rosa. Levanto la mirada, viendo tus crepúsculos sonriendo… Carora, yo no me rindo.

Escrito por Jhon A. Romero.-

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