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Un migrante que nunca quise ser

Foto: Archivo Web

En Venezuela las despedidas se han convertido en el asesinato de un nuevo abrazo, en el momento de almacenar querencias en el baúl del masoquismo, acariciando pensamientos o una llamada. El dilema disonante de la existencia se convierte en tu enemigo silencioso.

Los amores van y vienen, dejando suturas en el alma; porque están los que perdiste en el mismo lugar, como aquellos que se fueron, y nunca estuvieron. Todo concluye en reflexiones infinitas de culpas y distracciones. En un nuevo comienzo, te lo guardas en el bolsillo, y arrancas sin contemplaciones.

Defino que el país sin ellos; es otro. Porque quienes nos rehusamos a abandonar el suelo, también perdemos amigos, hijos, momentos, soledades, música y palabras. Perdemos vida, perdemos un país.

En la hiperventilada calma, de los transitares ficticios, los venezolanos que no se han querido ir de su patria, -me incluyo- pasamos a ser migrantes en pensamientos, donde tuvimos que hacer nuevos amigos o simplemente dejamos de creer en ellos. A tener nuevos amores o morimos en el intento. Naufragamos entre múltiples trabajos y que conservamos por la mesada que ahora recibimos. Llegamos a nuestra casa, es decir, al móvil; donde saludamos las querencias. En el día nos detenemos, miramos las flores y las primaveras. Nieve y desarrollo. Mentiras, y añoranzas. Observamos lo que otro alguna vez observó en la pantalla, mientras su fotografía espera. Su historia es la de sobrevivir al vuelo.

Pase a ser el migrante que nunca he querido ser.

Escrito por Jhon A. Romero.-

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